miércoles 28 de julio de 2010

Cuéntame tu cena cotidiana y te diré quién eres

En mi casa podemos pasar una cena de diversas maneras: deglutiendo mientras vemos en TV la última idiotez que se les ocurrió a los guionistas de la novela más vista: una escena de sexo arriba de una fotocopiadora, un asesinato perpetrado a punta de... ¡traba de pelo! o un trabajo de magia negra que termina con el primer plano de una gallina de plástico descuartizada. También podemos hablar de política, familiares desagradecidos o de la amante del intendente que es vecina de una de mis tías abuelas. Por supuesto, como el 90% de los argentinos medio pelo, podemos disertar sobre el programa de Tinelli. Todas estas variantes no son más que pérdidas de tiempo en las que incurrimos a diario cual pecadores descarriados.

De todos modos, existen situaciones y temas de conversación mucho más extraños e igualmente intrascendentes. Hace unos días, sin ir más lejos, aquí mismo, a metros de esta computadora, el momento de la cena zamarreó a mi familia en la angustia existencial, el misterio y la pregunta retórica. De pronto, el paquete de salchichas Vienissima de ocho unidades que iba a abrir mi mamá tenía... ¡nueve! Los ecos de los porqués de cuatro personas estupidizadas todavía pueden escucharse rebotar entre el microondas y la heladera. "Debe ser por el peso que indica el envase, les salieron más finas y agregaron una más para llegar a los 420 gramos", afirmé yo con una seguridad pasmosa como si fuera obrera salchicheril de toda la vida. "Es una promoción encubierta", sentenció mi hermano con el solo fin de hacer vibrar sus cuerdas vocales, es decir, abrir la boca con la mala suerte de que no anduviera ninguna mosca suelta para que se la tragase. "Si hay nueve, una se "cayó de otro lugar", probablemente esté en mal estado, pero... ¿cómo saber cuál es si son todas iguales?", razonó mi mamá demostrando que alguna vez leyó las novelas de Agatha Christie. Finalmente, mi papá, desde lo alto de su sencilla razonabilidad y apelando a un sentido pragmático que el resto de la familia no posee, rasgó el silencio: "Y... es raro, ¿no? De todos modos, si no las quieren, me hago unos panchitos hoy y mañana salto el resto con salsa de tomates". Semejante cachetazo de realidad impuso el mutismo en la mesa. Las voces de la televisión volvieron a reinar: "voy a continuar mi venganza", "el hijo que esperás no es mío sino de Raúl", "Fui el padre que no tuviste y me traicionaste". Pienso como ustedes: tendríamos que haber seguido hablando del paquete de salchichas.

10 Abalorios:

andal13 dijo...

Me quedo angustiada pensando en esa pobre familia de 8 integrantes que al abrir el paquete se encontró con 7 salchichas...

Proyecto Maria Castaña dijo...

Andrea, si fuera integrante de esa familia, ponele la firma, doy la mitad de mi salchicha y puteo bajito las fallas en las líneas de producción de la multinacional que las parió.

andal13 dijo...

Pero en otras familias puede dar origen a una verdadera tragedia, imaginate!!!

Proyecto Maria Castaña dijo...

Más si está el gordito compulsivo que está en todas las familias y no vive si no se come dos panchos por lo menos.

BEATRIZ dijo...

Mientras no se cene en completo mutismo todo está bien, el tema es sólo pretexto para interactuar con los proximos.

Nosotros cenamos entre silencios y arrebatos de voces que se mezclan con el cliclear de las cucharas, me gusta la canción que resulta de una cena contidiana.

Estoy de regreso, feliz de poder asomarme a tu cena familiar.

Proyecto Maria Castaña dijo...

Beatriz, hoy escuchaba a un cocinero famoso de nuestro país -Francis Mallmann- que afirmaba que en tantos años de experiencia había descubierto que la comida además de cubrir las necesidades de supervivencia básicas, solo era útil si lograba que la gente se comunicara mejor. Y yo creo lo mismo, y si todo el asunto está regado un buen vino, mejor.

Eva Magallanes dijo...

Hola Paula, es un gusto llegar por aquí... me ha llamado la atención el nombre de tu blog pues recuerdo que mi abuelo decía: huuu, eso es de los tiempos de María Castaña; me pregunto si hay una historia popular tras este bello nombre.
El enigma de las salchichas ¡muuuuuy raro! ya que el consumidor que usualmente sale perdiendo, en este caso sale ganando pues viene una de regalo. Creo como tú que el extraño suceso salchichero es mucho más atractivo que la tv sobre todo pensando que se trata de un alimento económico que al menos en Chile es de consumo masivo para los bolsillos más escuálidos, es decir, la mayoría.
Te dejo un saludo fraterno desde el confín austral!

Proyecto Maria Castaña dijo...

Eva, bienvenida, gracias por tu comentario y veo que, aquí como allá, la televisión es de "gran calidad". Se llama María Castaña en recuerdo de un personaje que prometía para novela y quedó en unos cuantos episodios sueltos que podés encontrar en mi etiqueta: "Las cajas de María". Era una adolescente de los 60 (de ahí lo de María Castaña), muy sumergida en el consumo cultural de su tiempo, en fin, un personaje querible que espera que alguna vez su autora se acuerde de ella.
Nos vemos.

Hernán Schillagi dijo...

Paula: primero, en cuanto a los productos anómalos, un día estaba charlando con mi cuñada y, sobre la mesada, había una botella de agua mineral (la más famosas) sin abrir. En un momento me fui de la conversación y miré la botella, traspasé el plástico y lo vi: ¡un tampón femenino hinchado por el agua! Inmediatamente llamamos al 0-800 y cayeron a las dos horas con tres packs y millones de disculpas.

No fue en una cena, pero nos dio para hablar un par de días. ¿Broma? ¿Sabotaje? ¿Un nuevo producto para beber "en esos días"?


Muy divertido tu "escriba en las calles", como siempre.

Proyecto Maria Castaña dijo...

Lo del 0-800 lo probé yo también sin los mismos resultados. El amigo de mi hermana y mi cuñado había recibido de Bagley no sé cuantas galletas porque en un paquete habían venido unas sin relleno. Tiempo después, siempre recordando esta historia, compré unas rumbas y a tres les faltaba el clásico relleno, llamé inmediatamente al tel., y quien me atendió me habló de una partida nº...., que era la que tenía este problema y que ya los distribuidores estaban avisados. Sin que pudiera meter bocadillo, me pidió disculpas y me cortó. ¡Ni me pidió el nombre!