Una vieja mesa de TV, una mesa escolar y un andador de anciano son objetos asombrosamente semejantes. En toda esta historia, sin duda, hay un ignoto diseñador industrial responsable de sus líneas básicas. Él no tiene la culpa de la carga de pasividad de su diseño. Tampoco de la infinita tristeza que me causa asociar estos trastos dispersos.


6 Abalorios:
Paula: esto es 100% cierto. Hace unos años fui a la finca de la entonces novia de mi cuñado. Apenas llegamos nos recibió una venerable anciana de andador, la abuela de la chica. Pero cuando me acerqué a saludar, oh sorpresa, el andador había mutado en una mesa de un televisor de los '60. Le habían sacado la parte de abajo y las 2 rueditas.
La nona estaba chocha porque le permitía la rejilla de arriba llevar ollas, planchar algunas cositas y comer frente al tele. ¿Qué tal?
Tenés razón... y hay como una inexorable fuerza que nos empuja desde el banco de la escuela al andador, de los juegos infantiles en un patio lleno de sol a recibir el sol a través de la ventana mientras nos sumimos en la pantalla de un televisor...
Hernán:
Me alegro que esa señora se sintiera tan bien de dar solución a sus problemas de movilidad con la vieja mesa. Un poco tira abajo mis inferencias sombrías y está bien que así suceda porque eso de andar buscando mala onda en tres objetos inocentes... ¡es muy deprimente!
De todos modos, el hilo conductor de pasividad y alienación que vincula a los tres no se puede cortar con algunas excepciones aisladas.
Andrea, tu interpretación es exacta, todo lo que no dije pero emana del texto implícitamente, vos has sabido captarlo y expresarlo con belleza. Sobre todo esa imagen de un sol que de ser protagonista de juegos infantiles pasa a ser testigo mudo y discreto de lo que sucede puertas adentro con ese "sol eléctrico" que consigue opacarlo.
¡Hasta la cortina es vieja! Pero suerte que aún hay el sol que es la vida y la esperanza aunque a veces es difícil tenerla.
Amigo, ¿y el piso de madera parqué? ¡Una lujosa antigüedad! Tenés razón: el sol que se asoma del otro lado de la ventana es avasallador, se hace díficil no forjar una esperanza, aunque sea mínima.
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