jueves 9 de julio de 2009

El amigo de Julio

Viene directo a acariciarme. La veo trotar desde la puerta, en realidad, es su forma de caminar, unos dos o tres centímetros por encima del resto de la humanidad. Es joven, linda y simpática. Junto a sus manos, siento por mi cuerpo el roce de los flecos de su bufanda y de sus cientos de rulos. Alicia no parece profesora, no parece mujer. Es un ángel que todos los días me dice: “sos lindo, Cachi, sos lindo” y yo la persigo por las escaleras hasta el primer piso para volver agitado pero feliz.

El profesor Ramírez llega a las 10. A veces duermo, pero el rítmico golpeteo de su bastón siempre me despierta. Me mira con un afecto contenido, pero, en algunas ocasiones, pierde su compostura perfecta y se agacha para rascarme la panza.

La guerra empieza a primera hora de la tarde cuando se acerca marchando la Martínez de Ipalague, titular de Introducción a la Filosofía. En primer plano, veo sus zapatos de puntas exageradas, “estiletos” como los nombran las alumnas que saben más de moda que yo. Siempre tengo la tentación de morderle toda su odiosa colección de calzado: rojos, morados, negros, marrones… hasta dorados, “señora reina de no sé qué”. Me conformo con mostrarle los dientes y gruñir un poco mientras me observa con desprecio y le repite a don Mario el mismo gastado parlamento: “este perro tiene que estar en los jardines y no en la recepción, ¿me puede explicar qué imagen damos a los visitantes, sobre todo a los del exterior?”. En este conflicto he tenido triunfos aplastadores. El año pasado se le cayó al suelo una capucha desmontable de su campera y empecé a masticarla con placer. Primero se quedó petrificada, después, comenzó a patearme con sus estiletos. Enloquecí y desgarré toda la prenda sacándole las plumas que la adornaban. Don Mario nos separó y trató de darle a la Martínez los despojos de su capucha empapados con mi baba. “Tírela”, gritó horrorizada mientras se iba al decanato a poner obvias quejas. El decano es mi protector tácito, fue él quien me encontró hace tres años en la calle. Así que a todos los cotorreos de la docente dijo “sí, sí, sí” y después, ya solo, se rió un rato. Mi castigo consistió en estar entre las 15 y las 16 paseando por los jardines: entraba la loca y yo volvía a mi casa junto a la escalera.

Los alumnos o me adoran o me ignoran en igual proporción. Julio era especial, pocos me han mimado tanto como él. Me alzaba y nos sentábamos un rato en alguno de los primeros escalones. A veces, me llevaba comida balanceada en una bolsita. Mientras la devoraba, él me sobaba el lomo. En otras ocasiones, nos íbamos a los canteros de la explanada y lo miraba leer y subrayar fotocopias durante horas. Era su primer año lejos de todo. Así me decía: “Cachi, estoy lejos de todo”. Venía de General Alvear y no tenía amigos; apenas unas conocidas que eran de San Rafael y vivían en la misma pensión que él. Las chicas estudiaban Inglés y con sus compañeros de Filosofía apenas cruzaba saludos apurados.

Esa mañana sus manos temblaban cuando me rascó. “¿Qué rendís, pibe?”, preguntó don Mario, “Introducción a la Filosofía con la Martínez de Ipalague”, “mesa brava esa”, afirmó el celador, “no sé, es la primera materia que doy”.

Decidí acompañar a mi amigo a lo que consideraba el infierno después de ver entrar a la Martínez con su conjuntito rojo sangre. Alicia, como su fiel Jefa de Trabajos Prácticos, la seguía, asistiendo con la cabeza todas las estupideces que esa mujer decía. Subimos al segundo piso. Julio era el último para rendir de tres inscriptos. Se sentó en un banco de madera, cerró los ojos y empezó a entrechocar las rodillas. Una hora de “chiqui, chiqui”. Salió Alicia y lo llamó: “¿Alessi?, ¿Julio Alessi?, ¿está? ¡Ah!, ¡Julio!, vení, te toca”.

No parece una profesora, no parece una mujer, sería un ángel si creyera en ellos… ¿o es uno y debería replantearme la existencia de estos seres? No, no es. A Alicia la deseo. Hay carne firme debajo de sus blusas y faldas holgadas. Piel blanca. Quizás cubierta por las mismas pecas que manchan su cara. ¿Cuántos años tenés, ángel? ¿25, 26? Ya sé, te parezco un nene asustado. Lo soy Alicia. Vos, Cachi, don Mario: el “gran” mundo universitario reducido a tres caras amables. Ahí voy, Sra. Martínez de Ipalague, a enfrentarme a su retahíla de preguntas, a su voz vitricida. Ya no me acuerdo de nada y la telepatía que pone Alicia con sus gestos amables no sirve. De mi boca no saldrá una palabra. El miedo es ahora el aire espeso de un aula de examen, imposible de respirar. Es el hueco blanco con la silueta de una cruz que ya no está por encima del pizarrón. Dios ha muerto, Nietzsche; el hombre ha muerto, Foucault; un alumno se desangra cada una hora en algún examen de julio, Alessi. Pero la profesora está mucho más atrás: pregunta por los presocráticos, por la República de Platón, por el tomismo, dejando un minuto de pausa entre cada interrogante para regodearse en mi silencio más negro. A la quinta pregunta, concluye mi mesa. “¿Me puede decir para qué vino sino estudió nada?, ¿con qué derecho malgasta el tiempo de sus profesores? En mi época de estudiante ninguno se presentaba sino tenía algo para decir o, incluso, para cuestionar, pero, ¿cómo se pueden debatir ideas si se las desconoce? Váyase, madure la materia unos meses y, después, vemos”. Esa mujer tenía el poder de bajarme la presión y cuando empecé a ver puntos negros, la voz de Alicia me recuperó a la vida consciente. “Pero, profesora, Julio sabe, lo que pasa es que es su primer examen, está nervioso, es lógico, a todos nos ha pasado...” “Querida, a mí nunca me pasó. Por otro lado, usted siempre justifica a estos muchachos. La solución es simple: estudiar. Ahora, Alessi, vaya, que queremos cerrar la mesa”. La mañana que escupía la ventana era radiante, indiferente a mi rendimiento bochornoso. Antes de salir del aula, vi el rostro de Alicia lleno de impotencia pero igual me sonreía.

Me apoyé en una columna del pasillo y tiré mi carpeta en un banco. Cachi se restregaba entre mis piernas reclamando caricias: apenas le rasqué una oreja y me quedé como media hora mirando por la ventana como una pareja de estudiantes se besaba en uno de los descansos de la escalera del patio de atrás. La vida tiene alto contraste. No podía moverme, ni llorar, ni gritar, ni golpearme, ni pedirle a alguien que lo hiciera por mí. El miedo era yo y construía paredes en todas mis extremidades. De pronto, el alivio fue tibio, húmedo, abundante. Dejé que resbalara por uno de los costados de mi pantalón. En el suelo se formó un espejo líquido amplio. Dejé navegar mi miedo. Cachi se quedó a su lado.

Y, ¡no es la primera vez que pasa! Estos chicos nuevos lloran, gritan, algunos vomitan. A otros les pasa esto. Cuando puedo me hago cargo de su culpa. Al fin y al cabo, soy un pobre animal que no puede controlar sus necesidades. Los estiletos rojos estaban a centímetros de mi hocico: “lo único que te faltaba, perro inmundo, hacerte pis en todos los rincones de la facultad, pero el decano me va oír, me va oír”.

7 Abalorios:

Javier dijo...
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Javier dijo...

Paula,

Me gustó mucho este cuento, me enganchó desde el comienzo. No soy crítico literario ni mucho menos pero hacía rato que no podía leer algo de corrido y lo disfruté de verdad.

Te felicito! Te dejo un gran abrazo

Proyecto María Castaña dijo...

Javier

Gracias por leerlo!! La verdad es que es demasiado largo, ja. Tampoco se adapta a "las longitudes permitidas" para una entrada de blog si es que las hay. Esta semana me importa un carajo eso. Me salvé de un accidente tipo crónica pantalla roja por un pelo. Tenía este relato en el freezer y me di el gusto de publicarlo. El que lo encuentre "largo" que no lo lea, se pierde el final que engaña hasta las últimas líneas.

Un beso.

Elin Formante dijo...

Sos groso, sabelo Cachi. Pero te cagaron con el nombre.

Proyecto María Castaña dijo...

Elin
Sobre el nombre no me acusés a mí, sino al decano de la facultad que lo encontró en la calle y lo bautizó.

YOR dijo...

De terner cola y estar cubierto de pelos pasé a ser un estudiante ante el pánico de una mesa de exámen... no se en qué momento ocurrió, pero el viaje estuvo muy bueno...
Disfruté mucho este escrito! Gracias Paula.

Proyecto María Castaña dijo...

Yor:
No hubiera que pasaras estas metamorfosis, la verdad, no te imagino con rabo y pelos, ja.
En literatura se llama salto de narrador, primero Cachi en primera persona, después Julio: los dos locos por Alicia. Por primera vez me juego por una villana: doña Martínez de Ipalague es un psicótica, ¿no es cierto?